La muerte es lo único que nos acompaña durante toda la vida. La perdida de un ser querido es algo para lo que nunca estamos preparados, aún cuando se espera la perdida del mismo. Dicen que con el tiempo todo va a mejor, sinceramente no creo que sea así. Simplemente te acostumbras a vivir con el vacío que deja, que con el paso de los años es mayor, mas grande. Ojalá nos dieran un manual sobre como afrontar la vida, todo sería mucho menos complejo.
Hace cinco años falleció mi padre. Lo recuerdo como si fuera ayer. De hecho, cada 14 de marzo recuerdo todo lo que pasó el día horrible como si fuera ayer. La noche del 13 de marzo, iban a operar a mi padre y para que ni mi hermano y yo ni mis primos estuviéramos solos en nuestras casas, “los adultos” decidieron que durmiéramos todos juntos en la misma casa. Lo curioso viene, cuando a las 4 y algo de la madrugada, hora a la que falleció mi padre, mi hermano y yo nos despertamos sin motivo aparente y nos volvimos a dormir. Aún no sabíamos que a partir de ese exacto momento, el 14 de marzo pasaría a ser el día horrible para el resto de nuestras vidas. Jamás habíamos hablado del tema hasta estas navidades. A mi personalmente me gusta pensar que vino a despedirse, se que a él también, aunque es un chico de pocas palabras. Quizá las navidades que viene volvamos a hablar del tema, al fin y al cabo, una vez al año no hace daño.
Jamás encontraremos la razón por la que nos despertamos de madrugada, tampoco la buscamos. Hay veces, que es mejor quedarse con lo que queremos pensar. Quizá sea vivir engañados, quizá solo intentamos amortiguar el dolor. En cualquiera de los casos, seguiremos encendiendo una vela por él.

