Nos encanta hablar de justicia, a diario, fingimos ser jueces, ¿pero realmente lo somos? Cuando la justicia roza lo personal dejamos de ser justos. Cuando existen intenciones personales, la justicia desaparece para dar paso al egoísmo, el mismo que nos ciega, nos nubla y no nos deja ver más allá de nuestras propias narices. Ese que, aunque pensemos de una manera, al final siempre nos hace actuar de otra con el único fin de conseguir lo que queremos, ese que nos vuelve hipócritas. Hoy día son pocos los que se salvan de no ser hipócritas. La hipocresía suele acompañarnos a lo largo de nuestra vida, junto a la incertidumbre. Nos gusta creernos con el derecho de juzgar lo que nos rodea y a quien nos rodea, posicionándonos de manera innegable por encima del resto, y creyéndonos moralmente mejores. Sin embargo, lo único que hacemos es usar la justicia a nuestro favor y al de los que nos importan. Deberíamos empezar a mantenernos firmes en nuestras convicciones y defender lo que realmente consideramos justo, sin anteponer el egoísmo a esa justicia que tanto defendemos.

